"Cultura, cultivo de la identidad, quiere decir, por lo que se ve, todo lo contrario de resguardo, conservación o defensa; implica salir a la intemperie y poner a prueba la vigencia de la subcodificación individualizadora, aventurarse al peligro de la “pérdida de la identidad” en un encuentro con los otros realizado en términos de interioridad o reciprocidad" Bolívar Echeverría.
"Si no podemos ser una potencia política,
económica, diplomática, y mucho menos militar, seremos una gran potencia
cultural, porque así nos autoriza y alienta nuestra historia." Benjamín Carrión
Introducción
En un mundo en constante cambio, la cultura emerge como una fuerza vital para la reconfiguración de la identidad colectiva. La pandemia global y las administraciones estériles, con su carga de incertidumbre, dejaron huellas profundas en el campo, en las ciudades y en el mundo, pero también abrió la puerta a un proceso de renacimiento. Loja, una ciudad llena de historia y tradición, se levantó de sus propias cenizas, decidida a recuperar su alma cultural a través de la poesía y el arte. "La fábrica de poesía" se convirtió en el proyecto que catalizó este resurgir, invitando a la comunidad a conectar con la esencia misma de la ciudad y transformarla mediante la creación artística.
Siguiendo la idea de Benjamín Carrión y Bolívar Echeverría, que sostienen que la cultura no debe resguardarse, sino que debe desafiarse, potenciarse y transformarse, Loja encontró en el arte una forma de reexaminar su identidad. En lugar de aferrarse al pasado, la ciudad se adentró en la "intemperie", ese espacio abierto donde la identidad se pone a prueba en el encuentro con lo otro, con el otro. En este contexto, la poesía dejó de ser solo un acto literario para convertirse en una vivencia, un modo de ser y de mirar al mundo que trasciende la página escrita.
El proyecto "La fábrica de poesía" no se limitaba a un espacio físico de enseñanza; se extendía por toda la ciudad. No era un taller convencional donde solo se enseñaron técnicas de escritura, sino un lugar donde la poesía fluía en las calles, los mercados, los parques, y los rincones cotidianos. En lugar de centrarse exclusivamente en la perfección literaria, este taller buscaba enseñar a sentir, a observar y a experimentar el mundo de manera poética. Cada palabra, cada gesto, cada espacio urbano se convertía en una posibilidad para crear, para encontrar belleza en lo cotidiano.
La comunidad, al participar en estos talleres, no solo aprendió a escribir poesía, sino a redescubrir su ciudad, sus costumbres y sus raíces culturales. En medio de la quietud que dejó la pandemia, la poesía se convirtió en un vehículo de resistencia, de sanación, y de reconstrucción. No solo poetas consagrados, sino también ciudadanos comunes, como los trabajadores del mercado o los jóvenes en las plazas, se sumaron a esta iniciativa, sintiendo que la creación artística era una forma de participar activamente en la recuperación de la identidad de Loja.
Este proyecto, lejos de basarse en la nostalgia, proponía una reinvención constante de la ciudad, un renacer a través del arte. La poesía, como práctica vivencial, se convirtió en un lenguaje común que unió a los lojanos en un propósito compartido: recuperar la esencia cultural de su ciudad. En cada rincón de Loja, la poesía floreció como un acto de fe, un símbolo de esperanza y un testimonio de la capacidad humana para transformar la adversidad en creación.
Capítulo 1. Intemperie
En esta entrada del blog, presentamos los tres primeros capítulos de diez capítulos de esta crónica, que narran el despertar de Loja y el nacimiento de “La fábrica de poesía”. En ellos se describe cómo la Ciudad, marcada por la pandemia, el confinamiento y la ineficacia de los dirigentes políticos y culturales, comienza a reinventarse a través del arte, dando paso a una nueva forma de vivir la cultura.
Estos capítulos invitan a adentrarse en el proceso de transformación cultural que lojanos y artistas compartieron, demostrando que, incluso en tiempos difíciles, la creación y la comunidad pueden florecer, ofreciendo esperanza y redescubrimiento.
Cuando el coronavirus dejó de ser la
sombra al acecho y el mundo emergió a la intemperie, aún tambaleante, del caos
global, la ciudad de Loja despertó como quien se asoma a un abismo de
incertidumbre. La economía había caído en una destrucción silenciosa, las
calles vacías eran un reflejo de la desolación, los comercios cerrados una
metáfora de lo que estaba en pausa. Durante casi dos años, las puertas de los
teatros, auditorios y museos habían estado cerradas, el arte había quedado
silenciado y la ciudad se había convertido en un eco de sí misma, encerrada en
este miedo, en este duelo. Pero el confinamiento, que había arrastrado consigo
la vida pública y las costumbres, también había sembrado una quietud extraña. Y
en esa quietud, algo se preparaba, como una semilla esperando el momento
adecuado para brotar.
“Del dolor, brotó una semilla a orillas de
la encrucijada del Zamora y el Malacatos”
Loja, esa tierra de cultura vibrante, de
tradiciones que no dejan de latir, aguardaba la oportunidad de reencender el
alma colectiva, de dar luz a esa Lojanidad. De gestar de nuevo la energía de
las calles, de las plazas, de los espacios que una vez fueron testigos del arte
y la creación. Las cicatrices dejadas por la pandemia comenzaron a sanar en la
mente y en los corazones de quienes creen que el arte puede salvar, puede
transformar, que es la humanidad reparando su propio ser, un animal lamiendo su
herida. Y así, en medio de la incertidumbre, se alzaron nuevos emprendimientos,
nuevos espacios culturales, un proyecto, un taller que no se limitaba a un
espacio físico, porque la poesía no tiene fronteras, ni límites. "La
fábrica de poesía" se enarbolaba como un nuevo comienzo, como un acto de
fe, como si la injusticia es también la de no hacer, de no creer y, sobre todo,
crear una promesa de renacimiento, edificando las ruinas.
Loja no se olvidaba de su identidad. La cultura, en sus diversas formas, tenía que florecer otra vez a pesar de estar en la cornisa. El arte era la única respuesta a la pandemia de la indiferencia, de la desconexión, de la separación y la incertidumbre. La fábrica de poesía no sería un taller común, ni una simple lección de cómo escribir versos. Sería un viaje, un recorrido por los rincones olvidados de la ciudad, por el sentir de todos, una invitación a descubrir en los detalles cotidianos el latido del alma colectiva. En cada esquina, en cada ventana, en cada conversación callejera, en cada rincón del mercado, la poesía estaba aguardando para ser desenterrada, para ser consumida y convertida en arte. La ciudad sería el taller y los poetas, los obreros.
"¿Qué es la poesía?", se
preguntaban algunos. Y la respuesta era tan simple como compleja: la poesía es
lo que se vive. No en el sentido de lo vivido como anécdota o como experiencia,
sino en el modo en que las pequeñas cosas, los gestos mínimos, el árbol sin
hojas que da sombra, los paisajes urbanos y rurales, esta indignación del mismo
discurso, pero también, los ecos de historia y la tradición, se convierten en algo
más grande. En algo que atraviesa el tiempo, que se graba en la memoria
colectiva, que se convierte en una forma de resistir, en una forma de estar en
desacuerdo con el mundo por una causa justa, que le corresponde al artista, que
también aquel artista, vive de otros oficios y labores, pero que innato, en la
sangre, la Lojanidad es un torrente constante de manifestación, de pasión y
amor hacia el arte, aquel que crea dignidad cultural.
Capítulo 2. Escampar
En un café, en una tarde gris, un grupo de
amigos, se reunían, a almorzar y después del trabajo para tejer ideas a través
de sus perspectivas, cada uno con sus particularidades y diferencias, lo que
los unía era un latir, el progreso de la sociedad a través del arte, a través
de su historia, su Lojanidad los retaba a defender a la sociedad y la única
forma era a través de sus habilidades, que era parte de su ejercicio cotidiano,
el manifestarse sobre la coyuntura, la comunidad y su futuro. Lojanas y lojanos
de todos los rincones. Ninguno de ellos sabía aún cómo lo harían, cómo
transformarían lo que parecía solo un anhelo en algo tangible, pero la palabra
flotaba en el aire como una promesa.
El taller, que no era solo un taller, sino una necesidad, nació como un espacio donde la escritura no debía ser perfecta, sino viva. La poesía no se enseñaba en la sala cerrada de un aula, sino en las calles, en los pasillos y altillos. No se estudiaba como un ejercicio de ortografía o de sintaxis, sino como un ejercicio de presencia y de sentidos. El taller estaba más cerca de una aventura que de un proceso académico, porque la poesía es más que técnica, concepto o moda. Es una forma de ver y entender el mundo, de escuchar lo que otros no oyen, de captar lo que se escapa a los ojos. Es una forma de mirar al otro, a la ciudad, a la vida. Es perder y encontrar una de lo que somos en ese camino.
Los talleres de escritura creativa se
abrieron, todos bajo el nombre de "La fábrica de poesía". Cada uno de
ellos era un llamado a descubrir la magia que reside en los espacios
cotidianos: las plazas, los parques, los ríos, las casonas viejas, las
iglesias, las calles empedradas. La ciudad de Loja se convertiría en el
laboratorio donde los poetas, no solo escribían, sino que vivían y respiraban
poesía en cada rincón. El taller no buscaba enseñar a escribir, sino a ver, a
escuchar, a sentir la poesía en la piel, en la garganta, en la calle. La vida
era el material, la calle el taller. La poesía, la fábrica.
Esta perspectiva fue pensando en que la pedagogía era la misma experiencia, intentando partir desde cero, creando la posibilidad de que los propios conocimientos con el entorno serían los instrumentos que permitirían generar palabras, que luego se repliquen y multipliquen en esa misma creación, intentando que lo magistral sea únicamente, dejar que la imaginación se mezcle con el alrededor, que lo que le sobra al corazón, salga por la mano, que incluso ese silencio sea la fuerza natural del poema, que lo que se pueda registrar, pueda ser un punto de partida o final. Que el reunirnos en este espacio, sea, esa metodología, la vida misma, amar es el método de hacer arte.
Capítulo III: Contemplar
Clase No Magistral "A": El Despertar Creativo
El desafío era claro: reemplazar las aulas tradicionales por espacios
públicos. Pero no se trataba solo de un cambio de escenario, sino de una
transformación en el enfoque didáctico. La verdadera motivación era liberar las
palabras que, hasta ese momento, estaban contenidas en el pensamiento, y darles
forma en la escritura. Queríamos más que enseñar teorías; queríamos invitar a
los participantes a soltarse, a liberar ese bagaje personal, y a plasmarlo en
versos. Así, surgió la idea de un ejercicio simple, pero de gran impacto: "Responde
preguntas". Para nuestra sorpresa, este ejercicio se convirtió en una
explosión de creatividad, donde los participantes lanzaron sus versos de manera
espontánea, sin restricciones y liberados por su propia curiosidad.
La ubicación de este taller, en la emblemática Puerta de la Ciudad de
Loja, simbolizaba el inicio de la exploración de la identidad local. La
Puerta de la Ciudad no solo es un atractivo turístico, sino también un testigo
de la memoria colectiva de Loja. Al elegir este espacio, respondíamos a esa
memoria, a la infancia, a los recuerdos que definen a la ciudad. De este modo,
el arte comenzó a tomar forma en un contenido vivido, no solo como un producto
artístico o un servicio comunitario, sino como una manifestación profunda del
conocimiento cultural. El arte, entonces, no es solo para los locales; el
turista que lo contempla también se lleva consigo la impresión de que Loja es
una ciudad artística, culturalmente rica, llena de historia, vanguardia y
tradición.
El ejercicio inicial fue directo y simple: “Piensa en un sueño y
transfórmalo en poesía”. No se trataba de buscar la perfección, sino de
permitir que las palabras fluyeran libremente, sin autocensura. La ciudad misma
se convirtió en un lienzo abierto de posibilidades, y los participantes, como
exploradores de su propia memoria, comenzaron a conectar sus experiencias
personales con los espacios que habitaban. Cada palabra escrita era una nueva
capa de identidad y significado.
El taller, liderado por Byron Carrión y Mateo Guayasamín, fue acompañado de la música amplificada que generaba la atmósfera perfecta para la creación de: Ángeles Carrión, Benjamín Pinza Suárez y Edgar Palacios proporcionaron la banda sonora de la jornada. La poesía de Anne Carson, Rosario Carrión Burneo y Roy Sigüenza, guio estas lecturas. La poesía, como herramienta de expresión, se alimenta de la realidad, y durante esta sesión, se dejó claro que solo cuando el arte refleja lo que realmente vivimos tiene el poder de transformar y unir diferencias. Se pretende que la voz poética se despierte de un sueño, se inquiete por los recuerdos y explore el paso del tiempo y la presencia del alrededor.
El
Proyecto Piloto: "Una ciudad es un laboratorio para crear"
El primer taller de La Fábrica de Poesía no solo se centró en la
escritura, sino en conectar a los participantes con su entorno. El ejercicio de
describir gráficamente su localidad a través de croquis y microtextos permitió
a cada uno reflexionar sobre lo que Loja representa en su vida. Desde las
plazas y monumentos hasta los recuerdos más íntimos, la ciudad se convirtió en
un espacio palpable, un laboratorio donde cada persona es un cosmos, un rincón
podía inspirar una idea o una imagen poética.
Al final del taller, los participantes compartieron sus textos en una
lectura colectiva, donde cada uno dio a conocer su visión personal de Loja.
Para cerrar la jornada, los participantes crearon marca-páginas personalizados
con versos y dibujos que luego plastificaron. Estos pequeños objetos de arte no
solo fueron recuerdos tangibles del taller, sino símbolos de la conexión entre
los individuos y la ciudad, y de la forma en que la poesía puede crear puentes
entre lo individual y lo colectivo.
En este primer taller, los participantes no solo aprendieron a escribir
poesía; aprendieron a salir de la zona de confort, a observar, a sentir y a
vivir la ciudad de manera diferente. Lejos de la magistralidad y a través de la
poesía, comenzaron a contemplar su entorno con nuevos ojos, escucharon con los oídos
del alma, encontrando en cada rincón de Loja una historia, una emoción, un
hogar, un sueño por contar y por hacerlo realidad.
La Fábrica de Poesía comenzó, entonces, como un espacio para
experimentar, pero, sobre todo, para indagar en lo más profundo de cada uno. No
se trataba de un proceso técnico o académico, sino de una invitación a
descubrirse a través de las palabras, a conectar con la ciudad y con el arte de
una manera visceral, auténtica. En los próximos capítulos 4, 5 y 6,
profundizaremos en cómo este taller continuó creciendo insobornablemente,
involucrando a más personas y desafiando las ideas preconcebidas sobre el arte
y la poesía. Este es solo el principio de un viaje que sigue transformando la
ciudad y a sus habitantes, una palabra a la vez.
Iniciamos así este recorrido literario. En los tres primeros capítulos, (dos primeros de historia y contexto y el tercero en la primera clase no magistral) ahora, hemos sido testigos del proceso de transformación de Loja, una ciudad afectada por la pandemia y desunión de las disciplinas artísticas, que comienza a hallar en el arte y la poesía una vía para su renacimiento. Sin embargo, este es solo el comienzo de una narrativa literaria. Lo que sigue promete el desarrollo de nuevas historias, más momentos de renacimiento y, naturalmente, un continuo florecimiento de la cultura en Loja.
Te invitamos a no perderte los siguientes capítulos, en los cuales profundizaremos en cómo "La fábrica de poesía" sigue impulsando la revitalización de la ciudad y su comunidad. Mantente atento para seguir explorando este relato enriquecido por la creatividad y la esperanza.
Video: Canción inédita "Esmalte de uñas", Boris Aguirre, Byron Carrión.








