Volver a Quito era
como venir a bendecir las promesas y los buenos recuerdos que me unen
profundamente a la capital. Esta ciudad, enraizada en la mitad del mundo, no es
solo una urbe inmensa; es un poema que sigue escribiéndose a través del tiempo,
marcado por la historia y la geografía. Quito es el susurro de un eco ancestral
que resuena en la memoria, un llamado lejano de nuestros antepasados, una
invitación que, sin saberlo, mi ser había estado esperando. En la latitud
0,00,00, en la mitad del mundo, el aire se siente distinto, y la neblina, como
un manto sagrado, cubre el Cerro Catequilla, antiguo templo milenario, un
laboratorio astronómico y de reflexión para el conocimiento de nuestros
ancestros.
Junto a los cerros Sincholahua, La Marca y Casitagua, la vida se agudiza. Nos dicen que todo lo que tocamos se vuelve más vivo, más intenso, como si cada rincón de esta tierra fuera un remolino de energía. Y, sin embargo, en esa intensidad, descubrimos que todo es más simple, que lo esencial está en lo natural. Al fin y al cabo, la sensibilidad es solo una forma de aprender a abrazar lo que ya está, lo que siempre fue, lo que nos conecta de manera profunda con la tierra que habitamos.
La jornada que viví
en estos parajes fue una inmersión en el legado ancestral, que comenzó con
diversas ceremonias que los comuneros compartieron con nosotros. Contaron
historias que conectan el pasado con el presente, rituales que, como un río,
fluyen entre generaciones. Uno de los sitios más relevantes visitados fue el
Pucará de Rumicucho, antes de convertirse en un fuerte militar de los Incas. En
ese lugar, me sentí rodeado por las voces de la historia, que me hablaban con
una claridad profunda. Por la tarde, rendimos homenaje a aquellos que cuidan
estos lugares, a los comuneros y amigos de la arqueología que preservan y
protegen las huellas de nuestros ancestros.
Al caer la noche, la
Comunidad de Rumicucho se transformó en un escenario cultural vibrante, lleno
de comparsas, danzas tradicionales y poesía. La oralidad, como memoria viva, se
hacía presente a través de nuestros hermanos que cuidan, enseñan y celebran la
cultura de estos espacios sagrados, situados a pocos pasos de la franja
ecuatorial. Es probable que Rumicucho haya sido también un lugar de adoración
al Inti, el sol, y un observatorio astronómico, un centro de reflexión para los
pueblos preincaicos que habitaron estas tierras.
El fuego danza en la
noche, y el aire caliente de la montaña parece invadirlo todo. En ese calor,
uno se descubre como parte de algo mucho más grande. La vida es fuego, es
calor, es una fuerza que nos consume y nos transforma. No es un enemigo, sino
un maestro, una lección constante. El cabello, que parece ser solo un reflejo
de lo que somos, lleva consigo ese fuego, esa energía. Nos recuerda que cada
momento es parte de un ciclo eterno, que todo lo que vivimos, aunque fugaz,
tiene una razón de ser. Así, la vida se convierte en un poema, en un canto que
arde sin quemar, que ilumina sin consumir.
La montaña, inmensa y
desafiante, se alza ante mí como un recordatorio de que todo lo que vivimos es
un desafío. La vida no es sencilla, nunca lo ha sido, pero en su complejidad
yace su mayor belleza. La montaña nos invita a subir, a tocar sus cumbres, no
porque debamos hacerlo, sino porque nos necesita. Nos recuerda que todo lo que
nos ocurre es, de alguna manera, medicina: la voluntad y el ejercicio cotidiano
de nuestro ser. Cada herida, cada sufrimiento, se transforma cuando lo
aceptamos, cuando entendemos que lo que estamos viviendo es lo que debemos
vivir. La montaña es vida, y la vida es montaña.
Así, con respeto
profundo, observé este valle árido que, en tiempos antiguos, fue una bonanza
natural de vegetación. Sin embargo, cuando el volcán Pululahua entró en
erupción, el paisaje cambió radicalmente. Pero este cambio no solo fue físico;
también es una forma para que quienes llegamos aquí recordemos su historia,
rescatemos su legado y preservemos su identidad. La preservación de los sitios
arqueológicos, de los cerros, de sus campos, y la protección de su mina
inmaterial, son tareas fundamentales que deben fortalecer su patrimonio y
mantener su esencia viva a través de las generaciones.
La vida, aquí, en la
mitad del mundo, en el Musuc Nina, el territorio ancestral de los pueblos
preincaicos, libres y mágicos, se convierte en una oración silenciosa, en
palabra espíritu, un agradecimiento eterno. Porque cada paso, cada palabra,
cada pensamiento es un testimonio de la bendición de existir. Es una conexión
inquebrantable con la naturaleza, con los ancestros y con el universo entero.
Las nubes continúan
su danza en el cielo, trayendo consigo sus propios misterios. No hay prisa en
su movimiento, no hay dudas en su rumbo. Es un ir y venir eterno, como el fluir
del río que jamás se detiene, pero que se renueva a cada instante. Aquí, en este
rincón del mundo, la danza de las nubes se convierte en una lección de
paciencia, en una invitación a fluir con el tiempo, sin resistirnos, sin querer
apresurarlo. Porque, al igual que las nubes, nosotros también estamos en
constante cambio, moviéndonos en un ciclo infinito, cada uno de nosotros
llevando consigo una historia que espera ser contada.
Al mirar las estrellas, al escuchar el susurro de la brisa entre los árboles, comprendí que, en este lugar, todo tiene un propósito. Cada estrella en el firmamento, cada montaña en el horizonte, cada río que serpentea por el valle, no está ahí por casualidad. Es un recordatorio de que somos parte de algo mucho más grande, de que cada paso que damos es una palabra escrita en el gran poema del universo.
Y
como el fuego que danza en la oscuridad, como la montaña que se eleva hacia el
cielo, nuestra vida es también una danza, una danza que nunca cesa, que se
repite una y otra vez, pero que siempre es única.
Poesía (fragmentos)
Inti Cartuche (Kichwa Saraguro)
Wayra, imapaktak pukumuwankillayari,
akapana muyutaka ñuka ukupimi ña charinika.
Uyariway!
chakishka panka shinami urmamuni
ñawpakawsaywan may hukushkami kanika.
(Traducido al español al español)
si ya llevo dentro la semilla de la tormenta?
¡Escucha!
caigo como hoja seca
pero estoy tan mojado de historia.
Loor, no, y
tampoco el Salve de cualquier liturgia.
Menos aún Hosanna,
como si esto fuera en una iglesia.
Nada de loas ni de
vítores a Quito
ni a su
Revolución, porque ambos están aquí,
son la mejor
herencia que nos dejó la historia
a condición de
merecerla: sabían que no bastaba
con quebrar el
yugo para liberar a un pueblo:
era preciso
despertar la conciencia, la dignidad
de cada uno.
Fueron días de coraje, días en que supieron
que, si podían,
cambiarían el mundo para que reinaran aquí
la justicia y la
paz. El impulso de la rebelión, la fuerza
que nos endereza y
nos tiene de pie
contra la
injusticia, son la conciencia de cada uno sumada
a la revancha de
la historia. Pero, ¿somos en verdad
herederos de los
hombres y mujeres que hicieron
el rostro de la
patria y escribieron su autobiografía?
¿Nos entregaron,
realmente, la victoria?
Mirémonos, cada
uno de nosotros, sin complacencia,
en el espejo de su
bicentenario, y aceptemos, cada uno,
las voces con que
nos juzgamos, libres, a nosotros mismos.








