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lunes, 16 de marzo de 2026

La Fábrica de Poesía: la Ciudad Como Taller de Poesía

Cuando una ciudad apuesta por la palabra, no convoca solo un taller: pone en marcha una idea sobre sí misma. En tiempos donde la cultura suele aparecer en discursos, informes o campañas sobre “lo que debería ser lojano”, espacios como La Fábrica de Poesía recuerdan que la vida cultural también se construye a partir de procesos sencillos, constantes y compartidos. 

El pasado 24 de febrero comenzó en la ciudad de Loja una nueva edición de este taller, que con el paso de los años se ha convertido en un lugar singular donde la escritura se entiende como una forma de observar, estar o no y habitar el mundo.

El proyecto es impulsado por el Circuito de Palabras a través de su Laboratorio de Literatura Creativa en Loja, con el respaldo de las direcciones culturales del Municipio de Loja y la editorial Saeta Profunda para el proceso final de un producto creativo, para publicación en julio y en noviembre 2026. Así como futuras alianzas con la Casa de la Cultura Ecuatoriana, Núcleo de Loja. 

Este propósito es claro: abrir y vincular la creación literaria a la comunidad y recordar que la palabra no pertenece solo a los libros, a los intelectuales, sino también a quienes caminan la ciudad todos los días y son parte de este aporte artístico a las culturas.

Desde su gestación en 2020 y su consolidación en 2022, "La Fábrica" ha planteado una idea sencilla y vanguardista: crear un espacio donde las personas puedan acercarse a la escritura como experiencia, usar los espacios públicos y revitalizar los hechos propios. El nombre del taller dialoga, además, con cierta ironía local, esto rompe la crítica destructiva, ya que este taller es un acto de fe a las nuevas semillas artísticas, es gratuito y abierto a todos.

Durante años se ha repetido que en la ciudad no existen industrias visibles. Sin embargo, la cultura también puede entenderse como una forma de trabajo artesanal. 

En ese sentido, el taller propone otra mirada: si no hay fábricas de acero o cemento, sí existen lugares donde se producen y plasman ideas, imágenes y preguntas.

Cada sesión reúne cerca de veinticuatro participantes que llegan de manera voluntaria. Entre ellos hay docentes, estudiantes, trabajadores, artistas, lectores silenciosos y personas que nunca antes habían escrito un poema. También están quienes simplemente sienten curiosidad por el lenguaje. Esa diversidad se convierte en el corazón del taller. Allí conviven distintas edades, historias y maneras de mirar la vida.

La metáfora de la “fábrica” podría sugerir una producción mecánica, pero en este espacio ocurre lo contrario. No hay máquinas ni líneas de ensamblaje. Lo que aparece es conversación, intuición y escucha. La escritura no se presenta como una fórmula que se aprende, sino como un proceso que se descubre. Desde la teoría literaria, este tipo de experiencias pueden entenderse como laboratorios del lenguaje, lugares donde cada persona explora su propia voz.


La primera sesión del taller se desarrolló en el segundo piso del Museo de la Música Salvador Zaragocín, ubicado en el Centro Cultural Bernardo Valdivieso. Allí, entre instrumentos que guardan parte de la memoria musical lojana, los participantes comenzaron a explorar una pregunta que atraviesa la tradición poética desde hace siglos: ¿de dónde nace la voz que escribe?

El encuentro contó con la presencia del escritor cuencano Juan Fernando Auquilla Díaz, quien compartió una reflexión sobre la relación entre experiencia, memoria y lenguaje. Su intervención recordó que escribir poesía no consiste en buscar palabras ornamentales, sino en mirar el mundo con atención. En ocasiones, escribir también implica asumir una posición frente a lo que ocurre alrededor.

Después de ese primer encuentro, el taller comenzó a desplegar su dinámica habitual: una combinación de teoría, lectura y ejercicios de creación. La segunda sesión se trasladó al Rincón de Lectura de la Casona Cultural del Municipio de Loja, un espacio íntimo donde los libros parecen dialogar entre sí. Allí acompañó el proceso la docente Glenda Jiménez Abarca, quien propuso explorar la idea del “sujeto hablante”, es decir, la voz interior que aparece cuando alguien comienza a escribir.


En ese encuentro la teoría dejó de ser un concepto distante para convertirse en experiencia compartida. Los participantes comenzaron dibujando poemas en su mente antes de escribirlos, comprendiendo que la imagen también puede pensar y crear análisis de la propia escritura. 

Poco a poco surgió una intuición colectiva: la voz que escribe no nace en aislamiento. Está formada por las voces de la familia, del barrio y de la ciudad.

La tercera sesión llevó el taller fuera del aula. El grupo se reunió en la emblemática Puerta de la Ciudad, ese punto simbólico donde confluyen caminos y miradas. Allí acompañó el proceso el escritor lojano Byron Carrión, quien propuso reflexionar sobre la relación entre poesía, territorio y memoria.

En ese escenario abierto, el paisaje urbano se convirtió en materia literaria. El viento atravesando los arcos, el movimiento de las personas que entran y salen de la ciudad, el silencio de las montañas que rodean el valle. Poco a poco, lo que comenzó como un grupo de desconocidos empezó a transformarse en una pequeña comunidad de escritura.

En la teoría literaria se habla de “comunidades interpretativas”: espacios donde los textos adquieren sentido porque se comparten y se escuchan desde diferentes perspectivas. Algo similar ocurre en este taller. Cada sesión se convierte en un ejercicio de escucha. Los participantes leen sus textos en un ambiente donde la crítica busca acompañar el proceso creativo y no limitarlo.

Así empiezan a aparecer distintas sensibilidades. La mirada del estudiante que descubre por primera vez la fuerza de una imagen. La memoria del adulto que transforma recuerdos en palabras. O la intuición de quien nunca había escrito, pero encuentra en el poema una forma de comprender su propia experiencia.

Ahora el proceso continúa su recorrido por distintos espacios de la ciudad. La cuarta sesión se realizará en el entorno urbano de la Plazoleta Primero de Mayo, donde el grupo trabajará la relación entre imagen, sonido y escritura a partir del mural literario del lugar.

Más adelante el taller contará con nuevas sesiones abiertas y con la presencia de escritores invitados. Cada encuentro suma una nueva capa de diálogo entre la palabra y el territorio.

Quizá ahí reside el sentido más profundo de esta experiencia. 

La poesía no aparece como una respuesta definitiva. Funciona más bien como una forma de mirar el mundo con mayor atención. 

En un tiempo que nos empuja a la rapidez, reunirse para leer, imaginar y escribir puede convertirse en un pequeño gesto de pausa.

La invitación permanece abierta. Quien llega a este taller no busca aprender una receta para escribir poemas. Busca algo más simple y necesario: una forma distinta de nombrar la vida. Y cuando varias voces se reúnen alrededor de la palabra, sucede algo particular: la ciudad comienza a escucharse a sí misma. En ese gesto —tan antiguo como humano— la poesía vuelve a abrir un lugar donde todos pueden entrar.

 





Inicia la segunda edición del Premio de Poesía "A la Lojanidad"

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