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lunes, 24 de marzo de 2025

La danza de las nubes, el Mushuc Nina y el equinoccio de primavera



Volver a Quito era como venir a bendecir las promesas y los buenos recuerdos que me unen profundamente a la capital. Esta ciudad, enraizada en la mitad del mundo, no es solo una urbe inmensa; es un poema que sigue escribiéndose a través del tiempo, marcado por la historia y la geografía. Quito es el susurro de un eco ancestral que resuena en la memoria, un llamado lejano de nuestros antepasados, una invitación que, sin saberlo, mi ser había estado esperando. En la latitud 0,00,00, en la mitad del mundo, el aire se siente distinto, y la neblina, como un manto sagrado, cubre el Cerro Catequilla, antiguo templo milenario, un laboratorio astronómico y de reflexión para el conocimiento de nuestros ancestros.

Junto a los cerros Sincholahua, La Marca y Casitagua, la vida se agudiza. Nos dicen que todo lo que tocamos se vuelve más vivo, más intenso, como si cada rincón de esta tierra fuera un remolino de energía. Y, sin embargo, en esa intensidad, descubrimos que todo es más simple, que lo esencial está en lo natural. Al fin y al cabo, la sensibilidad es solo una forma de aprender a abrazar lo que ya está, lo que siempre fue, lo que nos conecta de manera profunda con la tierra que habitamos.

La jornada que viví en estos parajes fue una inmersión en el legado ancestral, que comenzó con diversas ceremonias que los comuneros compartieron con nosotros. Contaron historias que conectan el pasado con el presente, rituales que, como un río, fluyen entre generaciones. Uno de los sitios más relevantes visitados fue el Pucará de Rumicucho, antes de convertirse en un fuerte militar de los Incas. En ese lugar, me sentí rodeado por las voces de la historia, que me hablaban con una claridad profunda. Por la tarde, rendimos homenaje a aquellos que cuidan estos lugares, a los comuneros y amigos de la arqueología que preservan y protegen las huellas de nuestros ancestros.

Al caer la noche, la Comunidad de Rumicucho se transformó en un escenario cultural vibrante, lleno de comparsas, danzas tradicionales y poesía. La oralidad, como memoria viva, se hacía presente a través de nuestros hermanos que cuidan, enseñan y celebran la cultura de estos espacios sagrados, situados a pocos pasos de la franja ecuatorial. Es probable que Rumicucho haya sido también un lugar de adoración al Inti, el sol, y un observatorio astronómico, un centro de reflexión para los pueblos preincaicos que habitaron estas tierras.

Luego, nos dirigimos hacia el Cerro Ancestral Catequilla, un camping rodeado de montañas que parecen hablar en susurros, donde todo se convierte en un poema. Caminé hacia un lugar sagrado no para buscar respuestas, sino para entregarme a la inmensidad de lo que soy. Allí, sentí que cada palabra, cada verso, se fundía con la tierra, con los espíritus que habitan este rincón del mundo. No sé si fui yo quien dejé algo allí o si fueron los ecos del sur los que vinieron a mí. Pero en ese instante, entendí algo fundamental: la vida, con todas sus vueltas y vaivenes, es una bendición, un regalo inmenso que se nos ofrece en cada paso.

El fuego danza en la noche, y el aire caliente de la montaña parece invadirlo todo. En ese calor, uno se descubre como parte de algo mucho más grande. La vida es fuego, es calor, es una fuerza que nos consume y nos transforma. No es un enemigo, sino un maestro, una lección constante. El cabello, que parece ser solo un reflejo de lo que somos, lleva consigo ese fuego, esa energía. Nos recuerda que cada momento es parte de un ciclo eterno, que todo lo que vivimos, aunque fugaz, tiene una razón de ser. Así, la vida se convierte en un poema, en un canto que arde sin quemar, que ilumina sin consumir.

La montaña, inmensa y desafiante, se alza ante mí como un recordatorio de que todo lo que vivimos es un desafío. La vida no es sencilla, nunca lo ha sido, pero en su complejidad yace su mayor belleza. La montaña nos invita a subir, a tocar sus cumbres, no porque debamos hacerlo, sino porque nos necesita. Nos recuerda que todo lo que nos ocurre es, de alguna manera, medicina: la voluntad y el ejercicio cotidiano de nuestro ser. Cada herida, cada sufrimiento, se transforma cuando lo aceptamos, cuando entendemos que lo que estamos viviendo es lo que debemos vivir. La montaña es vida, y la vida es montaña.

Antes que todo, aprendí a pedir permiso. A agradecer por el espacio que ocupo, por el suelo que piso. A dar gracias por el aire que respiro, por el sol que me acaricia. Esta conexión con la tierra, con los elementos, es un acto de respeto profundo, un reconocimiento a la naturaleza que nos da todo. Luego, en una ceremonia silenciosa, me ofrecieron un brebaje. No sabía qué contenía, pero el brebaje me habló de lo que debo aceptar, de lo que debo tolerar sin prisa, sin deseo de desbordarme. Me susurró que lo que nos sucede no siempre tiene una respuesta inmediata. A veces, todo se resuelve en el silencio de la espera, en la quietud de un alma que sabe que lo que viene es solo parte de un ciclo eterno.

Así, con respeto profundo, observé este valle árido que, en tiempos antiguos, fue una bonanza natural de vegetación. Sin embargo, cuando el volcán Pululahua entró en erupción, el paisaje cambió radicalmente. Pero este cambio no solo fue físico; también es una forma para que quienes llegamos aquí recordemos su historia, rescatemos su legado y preservemos su identidad. La preservación de los sitios arqueológicos, de los cerros, de sus campos, y la protección de su mina inmaterial, son tareas fundamentales que deben fortalecer su patrimonio y mantener su esencia viva a través de las generaciones.

Y así, en la mitad del mundo, rodeado de poesía y fuego, de montañas que no cesan de hablar, comprendí que la vida no es un azar, no es una casualidad. Es un poema escrito por las manos invisibles del destino, que nos invita a ser parte de él. La vida es un canto, una bendición que se agudiza, se intensifica, pero siempre se siente normal, siempre se siente en su lugar. Al final, solo queda la espera, la calma, el saber que lo que está por llegar es, en sí mismo, parte de un verso aún no escrito.

La vida, aquí, en la mitad del mundo, en el Musuc Nina, el territorio ancestral de los pueblos preincaicos, libres y mágicos, se convierte en una oración silenciosa, en palabra espíritu, un agradecimiento eterno. Porque cada paso, cada palabra, cada pensamiento es un testimonio de la bendición de existir. Es una conexión inquebrantable con la naturaleza, con los ancestros y con el universo entero.

Las nubes continúan su danza en el cielo, trayendo consigo sus propios misterios. No hay prisa en su movimiento, no hay dudas en su rumbo. Es un ir y venir eterno, como el fluir del río que jamás se detiene, pero que se renueva a cada instante. Aquí, en este rincón del mundo, la danza de las nubes se convierte en una lección de paciencia, en una invitación a fluir con el tiempo, sin resistirnos, sin querer apresurarlo. Porque, al igual que las nubes, nosotros también estamos en constante cambio, moviéndonos en un ciclo infinito, cada uno de nosotros llevando consigo una historia que espera ser contada.

Al mirar las estrellas, al escuchar el susurro de la brisa entre los árboles, comprendí que, en este lugar, todo tiene un propósito. Cada estrella en el firmamento, cada montaña en el horizonte, cada río que serpentea por el valle, no está ahí por casualidad. Es un recordatorio de que somos parte de algo mucho más grande, de que cada paso que damos es una palabra escrita en el gran poema del universo. 

Y como el fuego que danza en la oscuridad, como la montaña que se eleva hacia el cielo, nuestra vida es también una danza, una danza que nunca cesa, que se repite una y otra vez, pero que siempre es única.

Poesía (fragmentos)

Inti Cartuche (Kichwa Saraguro)

Wayra, imapaktak pukumuwankillayari,

akapana muyutaka ñuka ukupimi ña charinika.

Uyariway!

chakishka panka shinami urmamuni

ñawpakawsaywan may hukushkami kanika.



(Traducido al español al español)






¿Para qué soplas, viento,

si ya llevo dentro la semilla de la tormenta?



¡Escucha!

caigo como hoja seca

pero estoy tan mojado de historia.




Jorge Enrique Adoum 
(Ambato -Ecuador)

Legado

Loor, no, y tampoco el Salve de cualquier liturgia.

Menos aún Hosanna, como si esto fuera en una iglesia.

Nada de loas ni de vítores a Quito

ni a su Revolución, porque ambos están aquí,

son la mejor herencia que nos dejó la historia

a condición de merecerla: sabían que no bastaba

con quebrar el yugo para liberar a un pueblo:

era preciso despertar la conciencia, la dignidad

de cada uno. Fueron días de coraje, días en que supieron

que, si podían, cambiarían el mundo para que reinaran aquí

la justicia y la paz. El impulso de la rebelión, la fuerza

que nos endereza y nos tiene de pie

contra la injusticia, son la conciencia de cada uno sumada

a la revancha de la historia. Pero, ¿somos en verdad

herederos de los hombres y mujeres que hicieron

el rostro de la patria y escribieron su autobiografía?

¿Nos entregaron, realmente, la victoria?

Mirémonos, cada uno de nosotros, sin complacencia,

en el espejo de su bicentenario, y aceptemos, cada uno,

las voces con que nos juzgamos, libres, a nosotros mismos.



En este eterno presente, al pie de los volcanes, rodeado de la grandiosidad de la naturaleza, comprendí que la poesía no está solo en las palabras. La poesía está en el susurro del viento, en el canto de los pájaros, en el crujir de las hojas bajo los pies. La poesía es todo lo que nos rodea, es el latido de la tierra misma, es el alma de la vida que se manifiesta en cada instante. Y así, en la danza de las nubes, encontré mi lugar, mi propósito, mi paz. En la mitad del mundo, en la mitad de mi ser, en la mitad de mi mente, entre el sur y el norte, comprendí que cada momento es una bendición y que, al final, todo lo que tenemos es este viaje, esta danza que seguimos, siempre hacia adelante, siempre hacia el infinito.


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