14 de noviembre de 2025
La ciudad de Loja tiene una memoria que camina con paso antiguo. Sube por sus cuestas empedradas como quien asciende hacia un pensamiento persistente; se detiene en las plazas para escuchar lo que el viento, viajero infatigable de los Andes, trae escondido en sus pliegues. Esa memoria —hecha de voces que se rozan sin conocerse, de rituales que se renuevan sin anunciarse— acompaña a la ciudad durante todo el año, como un pulso silencioso pero constante. Porque el Festival Internacional de Artes Vivas no nace en noviembre, se ejecuta en noviembre, sí, pero se gesta desde mucho antes, casi desde el instante en que la edición anterior se apaga entre aplausos.
El festival vive en la preparación cotidiana, en esa ejercitación diaria que adopta múltiples rostros. Está en los ensayos que se repiten a deshora; en el cuaderno donde alguien apunta una frase que no quiere olvidar; en el artista que vuelve a probar una escena; pero también en quien, sin llamarse artista, sostiene el mundo con gestos mínimos y esenciales. Porque aquí, el arte no es un privilegio: se funde con el oficio. El artista es también el artesano que construye con paciencia ancestral; el sastre que deja que una tela respire en sus manos; el carpintero que conoce el idioma secreto de la madera, el diseñador que imagina formas donde otros solo ven vacío; el prensista que escucha el golpe del metal como si fuese un latido.
El arte también vive en quien recoge la basura al amanecer, cuando la ciudad todavía sueña; en la madre que viste a sus hijos con ternura y prisa; en el padre que prepara el desayuno para que sus hijas salgan al mundo con el estómago lleno y el corazón despierto. Todos ellos, sin proponérselo, ejercen una especie de arte cotidiano, una coreografía silenciosa que mantiene el tiempo en equilibrio. Y es esa práctica —humana, anónima, imprescindible— la que alimenta el espíritu del festival durante todo el año.
Cada edición es un laboratorio donde se mezclan geografías, acentos, músicas, heridas y esperanzas. Un espacio donde el movimiento ajeno despierta el propio. En esa mezcla —siempre al borde del derrame— los artistas, locales y foráneos, se convierten en condimentos esenciales: traen gestos, silencios, ritmos, historias. Y todos, sin excepción, terminan siendo parte del pan espiritual que llamamos arte, ese alimento que no sacia el hambre del cuerpo pero sí la del espíritu.
Porque en Loja, lo que se cocina no son espectáculos aislados, sino maneras de mirar, formas de sentir, modos de decir que estamos vivos. Y noviembre, con toda su intensidad, es solo el momento en que el fuego se vuelve visible. El resto del año —silencioso, arduo, íntimo— es la respiración que sostiene a esta memoria que camina.
El 2025 marcó el décimo año de este encuentro, un hito que se sintió como un logro comunal frente a la burocracia, los recortes, las tensiones y los cansancios. El 13 de noviembre, la ciudad abrió su telón con el desfile en la calle 18 de Noviembre. Cientos de personas caminaron juntas: bailarines, niños, músicos, actores, lectores, curiosos. Las espaldas cargaban alforjas de arte, algunas bordadas, otras improvisadas, pero todas resonando con una promesa compartida. A pesar de errores inevitables, la jornada dejó una nota alta: como si la ciudad, por un momento, hubiese respirado más hondo para dejar entrar el asombro.
En ese hervor colectivo, hay un lugar que destaca como el corazón perfecto para las letras: el Parque de la Literatura, en la Plazoleta 1 de Mayo, allí donde se cruzan las calles Azuay y Valdivieso. Es un espacio donde las letras no se leen: andan, respiran, se comportan como personas vivientes. Los muros están pintados por manos de artistas que han plasmado los libros de escritores lojanos y de quienes, por amor o azar, se han vuelto allegados a Loja. Flores se asoman entre los descansos de piedra, cafeterías perfuman el aire con su tibieza, y los restaurantes cercanos son refugio para la conversación que no quiere morir.
Ese lugar —mitad plaza, mitad altar de la palabra— se transformó durante el festival en un territorio ampliado. En toda la calle Azuay se extendió una gran carpa blanca como un pecho abierto. Allí la palabra se empoderó en la calle, en el espacio público, reclamando su derecho a existir en voz alta. Las letras caminaron entre las mesas, se sentaron en las bancas, se colaron entre los puestos como si fueran vecinas de siempre.
Y llegó gente de todas partes. Allí estaban los chicos de Pa’ Labrar, con su energía sincera; los de Vizkacha, con su impulso creador; y todos los libreros —los de aquí y los de lejos— que trajeron consigo cajas de mundos, estantes ambulantes, ediciones cuidadas como tesoros. Entre ellos, junto a la carpa de la conferencia, nos unimos como un solo puño: un puño hecho de páginas, de voces, de oficios, de historias. En ese instante, entendimos que la literatura también sabe abrazar.
El verdadero inicio de nuestro proyecto Literaturas Vivas llegó al día siguiente. El 14 de noviembre amaneció tibio, con una luz que parecía presagiar un día distinto. Me acerqué temprano al Parque de la Literatura, en la esquina de Valdivieso y Azuay, ese espacio que parece construido para que la palabra tenga sombra propia. Allí se reunieron dos figuras esenciales provenientes de Cuenca: Diego Apolo, docente y estudioso de las literacidades digitales, y Rosalía Vázquez Moreno, editora y escritora con una mirada profundamente ética y humana sobre la lectura contemporánea. Ambos llegarían a dialogar bajo la mediación precisa de Luis Felipe Sánchez, quien condujo cada encuentro con la imparcialidad necesaria para que las ideas circularan sin trabas, como un buen guardián del cauce.
A las dos de la tarde, Luis Felipe dio la bienvenida:
―«Gracias por acompañarnos en este primer día de Literaturas Vivas. Que estas conversaciones abran puertas nuevas», dijo con una calma que invitaba a la escucha.
Comenzó entonces la conferencia de Diego Apolo: Nuevas literacidades y el impacto digital en la cultura contemporánea. Diego habló con la claridad de quien conoce el terreno que pisa.
―«La cultura digital no solo modifica los formatos», señaló, «sino la forma misma en que pensamos y nos pensamos, porque somos diferentes».
Las personas asentían, tomaban apuntes, levantaban la vista para seguir cada hilo. Yo observaba cómo sus palabras se colaban entre los árboles y caían como hojas recientes sobre los asistentes.
A las tres y media, Rosalía Vázquez tomó la posta. Su presencia llenó de inmediato el espacio. Su charla, La pedagogía y el poder de la literatura en la formación de ciudadanía crítica, fue un llamado urgente.
―«Leer es también un acto político», dijo con firmeza. «Una ciudadanía crítica nace cuando un lector reconoce su voz entre las voces de otros».
Rosalía hiló experiencias, ejemplos, silencios. Su mensaje quedó suspendido en el aire como un aroma persistente. Allí entendí que la literatura, cuando se pronuncia con responsabilidad, tiembla y hace temblar.
Cuando la tarde comenzó a enfriarse, caminamos hacia la Biblioteca de la Casa de la Cultura, donde a las seis inició el recital Agua entre las manos. Pamela Cuenca abrió la velada con una delicadeza casi ritual. Y entonces ocurrió algo que aún hoy recuerdo con nitidez: la poesía mostró su lado más orgánico y vegetal, como si brotara directamente de la tierra húmeda, de los ríos cercanos, de la respiración antigua de los árboles.
Rosalía Vázquez, Jonathan León, Fernando Jaros, Beatriz Vera Tamayo, Fernando Cortés y Estíbaliz Vélez en representación de Andrea Rojas Vásquez leyeron poemas que parecían raíces buscando agua, ramas elevándose contra el viento. Algunas voces temblaban; otras se alzaban como un trueno. La naturaleza habló a través de ellos: denunció, gritó, resistió. Allí comprendimos que el arte no siempre busca consuelo; a veces es herramienta de protesta, martillo para romper silencios, semilla para volver a empezar. El recital fue una pequeña revolución: un murmullo vegetal que se transformó en coro.
Esa noche entregamos los primeros trípticos del proyecto. Las manos que los recibían lo hacían como quien recibe un mapa íntimo, un camino posible. Literaturas Vivas comenzó así: entre preguntas, voces, errores menores y un eco que aún retumba.
Por eso, cuando finalmente llega noviembre, es como si Loja exhalara un suspiro largo, contenido y liberador. El festival no surge de la nada, se ejecuta, se despliega, se enciende como un fuego que llevaba meses reuniendo calor. De pronto, la ciudad deja de ser un territorio cotidiano y se convierte en una gran olla que hierve sin descanso. Una olla que, si no se destapara a tiempo, correría el riesgo de quemar su esencia. Necesita aire nuevo, movimiento, ingredientes inesperados, necesita que las manos que llegan de lejos se mezclen con las manos que han estado aquí todo el año, amasando artificios, gestando el canon, bordando rutinas, inventando mundos.
Y este fue solo el inicio.
En la siguiente nota contaremos el día dos.
Gracias por leer.
Redacción: Freak Son Jr.













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