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domingo, 18 de enero de 2026

Huellas de Bruma… 10 años sin Kelver Ax, recuerdos entre palabras y colores

Así lo recuerdo ahora, viéndolo otra vez en los videos de sus lecturas en Nueva York, escuchando su voz en la pantalla de su lectura, a sus pausas, a esa forma suya de decir el poema como si lo estuviera pensando en ese mismo instante, y también sus obras en las portadas de los libros de los poetas, en esas pinturas que invitan al lector a darle un ojo a las palabras y que no solo te guiñan el ojo, sino que dialogan con lo que nos rodea, como si se colara en la memoria de otros poetas que hoy lo leen como de culto, como influencia silenciosa y humilde pero persistente, porque Kelver Ax nunca buscó el centro del escenario, sino el centro del sentido. Honrar la memoria es volver a ese gesto de amor: su legado, su paso, su huella, su arte, su viaje. Lo recuerdo con un libro entre las manos, leyendo a Ashbery y a Yaxky Melchy en el Centro Cultural Barco de Papel de Queens, durante el Festival Latinoamericano de Poesía de Nueva York, aquel 12 de noviembre de 2015,((Festival Latinoamericano de Poesía NYC 2015) ) siendo parte de los poetas internacionales y como ecuatoriano representando a Ecuador sin palabras labiosas, solo con presencia y timidez de su mirada. Mientras tanto, en Loja, era el primer año del FIAVL y quizás entonces apenas empezábamos a intuir qué debía ser un festival, pero hoy lo entiendo mejor: Cultura no un portafolio de eventos ni una agenda cultural ordenada e inventada, sino un espacio lleno de formas de vida que usan el arte como herramienta de cambio y de aporte real a la sociedad, una forma de narrar y cartografiar lo que vemos a través de las palabras, de decir lo que significa Loja más allá del nombre y la postal. Tal vez debimos pensar desde entonces que la poesía debía estar en los TDR, en los informes, en las leyes, no como relleno, sino como componente vivo de las artes vivas, porque eso era Kelver: una práctica viva, pintura y poema. En la Gran Manzana y en otros espacios también se vio su trabajo, no solo su obra pictórica salvaje y punkera, sino esa poesía que era secuencia de colores convertidos en palabras, imágenes raras e irreverentes. Frente a él estuvieron poetas como Raquel Abend van Dalen, Alejandro Crotto y Gladys González, y, aun así, en esa ciudad donde todo artista sabe que es uno en un millón y que millones hacen lo mismo, Kelver entendía que lo que nos distingue no es la competencia sino la forma honesta de crear desde las influencias, de ser pragmáticos con el arte y mostrarlo como una canción que dice lo que necesitamos decir, como un color o un cuadro que revela la belleza de la naturaleza y de lo cotidiano, la misma vida, no la novelería. Por eso así lo recuerdo, sin solemnidad descomunal, como una armonía discreta entre la palabra, su voz y el gesto amable, entre la imagen y el silencio, como un atardecer lento, como un árbol quieto mirando el Sañe, como el cielo pintándose de nubes mientras alguien escribe con arcoíris esa bruma de Loja. Este, 18 de enero, cuando se cumple una década de su fallecimiento, la vida vuelve a mostrarse frágil y breve, y su familia, sus afectos y su tierra saben que Kelver Ax fue y sigue siendo un gran aporte a la cultura y a la poesía de nuestra tierra, una presencia que no se cierra, una pregunta que sigue caminando con nosotros: ¿dejaremos huellas?


 

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